La humillación padecida en conflictos previos, una derrota política y militar en cualquier medición rigurosa, resultó tan profunda que Estados Unidos y Donald Trump, permanece incapacitado para metabolizar sus consecuencias.
De esta incapacidad emerge una forma de hauntología política: el espectro del fracaso, junto al reconocimiento de los límites de un orden hegemónico, seguirá persiguiendo el pensamiento estratégico estadounidense durante los próximos años.
Al tropezar una y otra vez con la misma piedra de la geografía iraní, Washington demuestra que su aparato militar carece de los instrumentos conceptuales para procesar la materialidad del terreno.
La pregunta por la viabilidad de las rutas energéticas globales suele formularse en los centros de decisión occidentales como un problema de ingeniería logística o de superioridad naval.
Esta aproximación revela una ignorancia geográfica profunda, una incapacidad estructural para reconocer que el Estrecho de Ormuz funciona como un nudo ontológico de la maquinaria de la modernidad.
El espacio marítimo donde la abstracción del capital global choca con la intransigencia del relieve no admite soluciones mágicas.
La Quinta Flota de Estados Unidos, con su base en Baréin, opera bajo la premisa de que el poder naval puede proyectarse impunemente en cualquier masa de agua.
Esta asunción ignora las particularidades de la guerra litoral. El Golfo Pérsico es un espacio semicerrado, de aguas poco profundas en gran parte de su extensión, donde la ventaja tecnológica de los destructores y portaaviones se diluye ante la proliferación de amenazas asimétricas.
La doctrina de control marítimo estadounidense fue diseñada para las autopistas oceánicas, para la proyección de fuerza en profundidades estratégicas.
Aplicar esa misma matriz doctrinal a un archipiélago de islas, bahías y costas escarpadas como las del sur de Irán constituye un error de primer orden.
Teherán ha dedicado décadas a estudiar las vulnerabilidades de esta flota, desarrollando un ecosistema de disuasión que integra misiles antibuque costeros, enjambres de lanchas rápidas, drones navales y minas inteligentes, teniendo resultados positivos, ante la capacidad tecnológica de Estados Unidos,
La geografía no es solo el escenario donde ocurre el conflicto; es un actor material que dicta los términos del enfrentamiento.
No existe una solución rápida para sortear este cuello de botella. Ninguna de las alternativas discutidas en los despachos occidentales logra superar la realidad básica de la topografía.
Si Irán decide cerrar el estrecho mientras Ansar Allah mantiene la disrupción en Bab al-Mandab, la consecuencia práctica resulta ineludible: volúmenes masivos de petróleo y gas natural licuado del Golfo no alcanzarán los mercados en un plazo razonable.
Las rutas existentes carecen de la capacidad material para reemplazar estas vías. La fantasía de un desacople inmediato obedece a un deseo de mantener la ilusión de control, ignorando que el espacio geográfico posee una agencia propia que resiste la traducción a categorías puramente tecnocráticas.
El estrecho presenta una configuración que favorece inherentemente la defensa costera sobre la proyección de poder naval. Con un ancho mínimo de apenas 34 kilómetros y un canal de tráfico de separación de tan solo tres kilómetros en cada dirección, el espacio de maniobra para los superpetroleros es extremadamente reducido.
La costa iraní, montañosa y continua, junto con el control efectivo sobre islas estratégicas como Bu Musa y las Tunbs, otorga a Teherán una posición de vigilancia dominante.
El discurso estratégico estadounidense intenta amortiguar esta vulnerabilidad mediante la invocación constante de rutas terrestres.
Se mencionan con frecuencia los oleoductos de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos como mecanismos de contingencia viables.
Esta narrativa opera como un tranquilizante epistémico diseñado para calmar la ansiedad de los mercados, colapsando ante el escrutinio de los volúmenes reales.
La infraestructura terrestre posee límites físicos insalvables. El oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudita y el oleoducto Habshan-Fuyairah operan muy por debajo de la capacidad necesaria para absorber el desvío del tráfico marítimo.
La construcción de nueva capacidad requeriría años de inversión masiva, permisos geopolíticos complejos y un grado de estabilidad regional que precisamente se estaría poniendo en duda durante una crisis de esta magnitud.
El gas natural licuado presenta una rigidez aún mayor. A diferencia del petróleo crudo, el GNL depende de cadenas de frío especializadas, buques metaneros de diseño específico y terminales de regasificación que no pueden improvisarse.
La idea de que el comercio energético puede reconfigurarse a voluntad responde a una abstracción que ignora la inercia material de la infraestructura global.
Los mercados asiáticos, particularmente China, India y Japón, dependen de un flujo continuo que solo el transporte marítimo a granel puede sostener. Cualquier interrupción prolongada genera un déficit estructural que las reservas estratégicas apenas pueden mitigar. Esta dependencia expone la fragilidad de la globalización de los hidrocarburos.
Occidente concibe el estrecho de Ormuz a través del prisma del derecho internacional liberal, como una vía de navegación internacional que debe permanecer abierta para el bien del comercio global.
Mientras Teherán, por el contrario, lo entiende desde la óptica de la seguridad nacional y la soberanía litoral, un espacio donde las amenazas existenciales pueden y deben ser neutralizadas en la puerta de entrada.
Este choque de paradigmas legales y geopolíticos refleja una asimetría más profunda: la imposibilidad de imponer la universalidad del mercado cuando el territorio físico reclama su derecho a la soberanía política. La tentativa de militarizar el estrecho para garantizar el flujo de mercancías termina por convertir el propio conducto en una zona de guerra, paralizando el comercio que supuestamente se intenta proteger.
Comprender la posición de Irán exige abandonar los marcos normativos de la seguridad occidental que reducen su acción a la irracionalidad.
La guerra impulsada por administraciones extranjeras subestima sistemáticamente esta dificultad, asumiendo que la supuesta superioridad tecnológica puede anular las restricciones del terreno.
Irán rechaza ser traducido a la categoría de estado revisionista dentro de la gramática de la modernidad; su capacidad de disuasión se fundamenta en una comprensión profunda de su propia geografía como herramienta de soberanía descolonial.
La doctrina militar iraní busca la imposición de un costo asimétrico que haga insostenible la presencia hostil en sus aguas litorales.
Esta estrategia de negación de área es racional, calculada y profundamente enraizada en las realidades físicas del Golfo Pérsico. Teherán no necesita bloquear la totalidad del tráfico para paralizar el sistema logístico global.
Bastan intervenciones esporádicas y calculadas para que las primas de seguros marítimos se disparen hasta niveles prohibitivos.
Las compañías navieras internacionales detendrán sus operaciones por riesgo inasumible mucho antes de que cualquier armada extranjera pueda desplegar una contramedida efectiva.
El mercado de seguros, movido por el cálculo actuarial, termina haciendo el trabajo de la disuasión militar, y Donald Trump se hunde cada vez más en su propia salsas, de arrogancia, ante el electorado estaudenses que prometio sacar a Estados Unidos de la guerra y hacer una América grande otra vez, parece que su política exterior va a dejar una América (smaller) más pequeña otravez.
