Cuando estuve cursando Ciencias Políticas, un maestro de maestros me dijo una frase que se ha convertido en mi referente al comentar las decisiones y tomas de decisiones políticas por diferentes actores políticos.
Y es que la política se mide por resultados, ya sean positivos o negativos. Dependiendo del resultado, sería la valoración que puede alcanzar un funcionario dentro de sus ejecuciones.
Porque los hechos, siempre los hechos. Allí están para demostrar la verdad, para desmentir opiniones y apariencias, para enseñarnos quién es quién en un momento dado.
Mucha gente no es quien dice ser; los hechos demuestran quiénes en realidad son. Y lo hacen sin importar el escenario, sea este marital, familiar, vecinal, amistoso, laboral, sindical, gremial, citadino, académico, artístico, deportivo o político.
Es claro que lo importante son los hechos, que nos dan la realidad, no los discursos, ni las promesas, ni los arrepentimientos. Estos siempre han existido y posiblemente siempre existirán o, por lo menos, lo harán por mucho tiempo.
Pero solo tendrán relevancia cuando no estén en contradicción con las acciones de sus autores y cuando exista una correspondencia entre lo que se dice y lo que se hace.
No se puede, ni tampoco se debe, tener un discurso sobre la existencia de un nuevo momento político en República Dominicana y Latinoamérica. Es un patrón político-cultural común cuando se mantienen intactas las prácticas del pasado. Y no estoy entre los impacientes; es decir, considero que los cambios de conducta política llevan un cierto tiempo para hacerse reales y permanentes.
Y mucho más cuando los cambios iniciales necesariamente derivarán en otros muchos, más profundos, más importantes en relación con el contexto que se vive, que es el más peligroso y atemorizante para quienes los deben llevar a cabo.
Otra cosa es que muchas veces se quiere cambiar, pero no se está realmente preparado para hacerlo. Es un simple deseo o un decir, que no irá mucho más allá de su expresión oral o escrita.
Lo más frecuente es que la necesidad del cambio no haya sido realmente internalizada, por lo que no deviene automáticamente en un cambio de conducta positivo.
Otros elementos que se oponen a que los cambios se internalicen y se hagan conducta rutinaria de todos son la soberbia y el autoritarismo, dos formas de comportamiento muy presentes en nuestra escena política, compartidos por igual por los extremismos gubernamental y opositor, y que no son nada fáciles de erradicar.
Se entiende que estas dificultades van a seguir presentes en el ambiente político por un tiempo, no necesariamente corto, pero no debemos transigir en aceptarlas como normales, como invencibles, pues entonces se quedarán sin ser corregidas.
Y por ello, cuando una entidad gobernante se siente más poderosa que su oponente, sus reacciones son como se hace en el Congreso: se impone sin discusión y sin cortesías contra el opositor, que también demuestra su misma opulencia en la práctica común.

