De la Guerra de la Restauración a ser colonia del patio trasero de Estados Unidos hoy

De la Guerra de la Restauración a ser colonia del patio trasero de Estados Unidos hoy

Se puede hablar de la memoria histórica, se podrá conmemorar el grito de Capotillo, impulsado por Gaspar Polanco —el hombre que no se menciona por haber sido analfabeto y andar descalzo—, y se podrá rendir loor y gloria a Gregorio Luperón, como siempre, para ponerlo en el póster de cada 16 de agosto y sentirnos orgullosos de ser bendecidos por la Orden de los Dominicos para llamarnos dominicanos, perros fieles del Señor, y nuestra inmaculada Iglesia católica, apostólica y romana, hoy Vaticano II (porque de seguro hubo un Vaticano I).

Pero jamás podrá borrarse con las plumas de historiadores repetidores de contenidos que, en 1867, la anexión a Estados Unidos fue solicitada por Buenaventura Báez, un señor muy político que sabía encarnar en las generaciones futuras de la sociedad política dominicana, ni que en pleno siglo XX la operación que convierte a la República Dominicana en el patio trasero de Estados Unidos es parte del ejemplo de las cobardías de la independencia.

Con la trampa tutelada de las elecciones, se debería saber que lo que hoy se conoce como Junta Central Electoral fue la creación institucional de la ocupación norteamericana de 1916 a 1924 para elegir al caudillo Horacio Vásquez y, en 1930, implementar el Partido Dominicano (el de la palmita en el medio) que nos trajo al «Benefactor de la Patria» y «Padre de la Patria Nueva», quien es el arquitecto real de la sociedad dominicana por excelencia.

Sintiéndose dueños de su «patio trasero», le están dando al país el tratamiento de «tierra conquistada» sobre la cual gobiernan y se enseñorean, pretendiendo imponer el diseño y el control absoluto de la transición política con el fin de «resguardarla», para que el gobernador, llamado presidente en la instalación de un Estado colonial no integrado a su imperio, mantenga las directrices de las políticas tuteladas que forman parte de nuestros gobiernos.

Siempre con las cartas sobre la mesa y a plena luz, montando una trampa: creando la ficción de que el «colonizador yanqui», en su rol de tutor, le otorga «legitimidad» a los poderes públicos que resultan electos en un proceso electoral bajo su supervisión y control, con la «autoridad» inexistente que le da su condición de titular y «señor de estas tierras», bajo la falsa promesa de que este será «transparente», «competitivo» y «libre».

Esta política tutelada, concebida y construida por una potencia extranjera hegemónica y dominante en el territorio nacional, es bendecida aunque haya constituyentes que digan «Dios, Patria y Libertad» con el escudo en el medio, los ramilletes de laurel y palma, y la bandera tricolor, que nadie sabe para qué sirve.

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