Por HUMBERTO CONTRERAS VIDAL.
La nanotecnología es la ciencia que se encarga del diseño, manipulación y aplicación de materiales, estructuras y sistemas a una escala nanométrica, es decir, a nivel de átomos y moléculas (una millonésima parte de un milímetro). A esta escala tan pequeña, la materia cambia sus propiedades físicas y químicas, es decir, se comporta de forma diferente.
Es precisamente este comportamiento único el que ha transformado la forma en que nos alimentamos a través de la industria alimentaria, logrando avances que antes parecían de ciencia ficción. Hoy en día contamos con empaques que cambian de color si la comida empieza a dañarse, películas plásticas que estiran la frescura de una fruta por semanas y botellas que retienen el gas a la perfección. Estos aportes optimizan la conservación, mejoran la resistencia de los envases y evitan el desperdicio de comida a nivel global.
Sin embargo, desde el enfoque de la química, sabemos que los materiales tienen su propia dinámica y que la migración de sustancias entre el envase y el alimento es un fenómeno físico-químico inevitable. Al introducir nanomateriales a propósito para lograr estas ventajas, aumentamos también la concentración de partículas reactivas. En términos sencillos: la misma altísima reactividad y gran área superficial que aceleran los efectos positivos del empaque también incrementan la velocidad con la que se alcanzan los efectos contrarios para la salud.
En los últimos lustros, la ciencia ha ido acumulando evidencias que justifican esta preocupación. Aunque aislar estos efectos de forma exclusiva en humanos a largo plazo es complejo debido a nuestra dieta variada, los ensayos *in vitro* (en laboratorios con cultivos de células humanas) y en modelos animales ya han identificado daños potenciales severos. Entre ellos destacan el denominado estrés oxidativo celular masivo, la alteración de la microbiota intestinal, la inflamación crónica de los tejidos digestivos y la genotoxicidad, que consiste en daños directos al ADN celular que comprometen su correcta replicación. Esta última parte está estrechamente relacionada con la generación de procesos cancerígenos. Vale decir que, este tema aún está siendo investigado y faltan datos para dejar definitivamente aclarado estos efectos en humanos.
Ante esta realidad silenciosa, se hace un llamado al Instituto Dominicano para la Calidad (INDOCAL) y al Estado dominicano. Es muy importante que se desarrollen normativas que exijan identificar de manera clara las tecnologías y nanomateriales utilizados en los productos, tanto en los de fabricación nacional como en los productos importados. El consumidor dominicano debe tener derecho de saber qué está comprando y qué está llevando a su mesa.
Se ha encontrado que en Europa, los empaques que utilizan nanomateriales deben ser declarados en la etiqueta. Aunque en general, es muy difícil reconocerlo a simple vista en un supermercado. La recomendación más sensata es volver a lo básico. Apostemos firmemente por el consumo de productos naturales criollos, frescos y no industrializados. Productos que en los que se hayan cuidado los aspectos microbiológicos esenciales. Al apoyar lo nuestro, acortamos las cadenas de transporte y reducimos la necesidad de empaques sofisticados y de conservación extrema.
Si por necesidad debemos comprar un producto industrializado, una regla de oro química y práctica es revisar la etiqueta: elija aquellos donde el tiempo entre la fecha de fabricación y la de expiración sea lo más estrecha posible. Menos tiempo de vida útil significa menos aditivos y menor oportunidad para la migración de sustancias extrañas. En lo que las autoridades aclaran las etiquetas y regulan la tecnología en los productos importados, hacemos un llamado al consumo de lo natural: ¡comamos sano, fresco y de nuestra tierra!
El autor es doctor en ciencias químicas y reside en Santiago de los Caballeros.
