La democracia, en su acepción más pura, se fundamenta en la autodeterminación de los pueblos y el respeto al derecho internacional. Sin embargo, cuando el subsuelo de una nación alberga las mayores reservas de crudo del planeta, la voluntad popular suele colisionar con la geopolítica del suministro. En 2026, los casos de Venezuela e Irán no son meras crisis políticas; son el epítome de una dinámica donde el recurso fósil dicta la validez de las instituciones, aplica lo que afirmaba Eduardo Galeano en una de la parte de su libro Las Venas Abiertas de América Latina: “La pobreza del hombre como resultado de la riqueza de la tierra”.
Venezuela ¿Justicia o control estratégico?
La ejecución de la “Operación Resolución Absoluta” en enero de 2026 marcó un hito en la historia contemporánea de Latinoamérica. Si bien el discurso oficial de Washington se blindó bajo la retórica de la lucha contra el narcoterrorismo y la captura de Nicolás Maduro, el análisis de fondo sugiere una reconfiguración forzosa del Caribe Sur bajo los intereses de Estados Unidos, lo que hoy se designa como el corolario Trump de la doctrina Monroe.
No fue un evento aislado. La secuencia previa, bloqueo naval, incautación de tanqueros y asfixia comercial, revela una hoja de ruta diseñada para desplazar la influencia de potencias extra-regionales como China y Rusia. Aquí, la intervención militar actúa como el brazo ejecutor de una política energética que busca repatriar el control de la cuenca petrolera más grande del mundo hacia la esfera de influencia occidental, todo en nombre de la democracia. En ese contexto, Venezuela fue la base para un objetivo más amplio diseñado para el control estratégico del petróleo y los abundantes minerales metálicos del subsuelo.
Persa y el Estrecho de Ormuz bajo fuego
Casi en simultáneo, la ofensiva de la coalición Estados Unidos-Israel contra Irán ha trasladado la tensión al corazón del suministro global del oro negro. Al atacar al tercer productor de la OPEP, no solo se busca neutralizar una amenaza regional, sino controlar el termómetro del mercado energético, cuyo objetivo central es China que depende en gran medida del petróleo esta ruta.
Con el 20% del crudo mundial transitando por el Estrecho de Ormuz, la intervención militar trasciende a la «seguridad nacional» para convertirse en una gestión de la escasez. La guerra, en este contexto, es la herramienta para redefinir quién tiene la llave del flujo energético mundial en un momento de transición global y donde la innovación tecnológica de Estados Unidos a través del fracking no ha dado los resultados esperados.
Las técnicas utilizadas por Estados Unidos y sus aliados han abandonado las mismas reglas creadas por ellos bajo el amparo del Derecho Internacional que buscó un equilibrio posterior a la primera y segunda guerra mundial. En ese contexto, no existen limite ético, ni morales la guerra se renueva y hasta los protocolos establecidos para proteger la población civil tampoco importan, por eso, los bombardeos a Irán llegan con la distracción que implica la negociación de un acuerdo nuclear y es la única razón por la que el líder Persa lo matan en medio de una reunión con parte de su alto mando gubernamental y militar, quizás confiado en que la negociación podrían prosperar. La estrategia estadounidense utiliza la mentira como estrategia de distracción.
La erosión del Derecho Internacional
Desde una perspectiva jurídica y política, estos eventos plantean una interrogante: ¿Es la democracia un valor universal o una concesión sujeta a la estabilidad de los mercados y al antojo de las potencias occidentales?
Estoy de acuerdo con Churchill cuando dijo «La democracia es la peor forma de gobierno, con excepción de todas las demás”, pero debe ser el resultado de la conciencia colectiva sin importar que su nacimiento sea el resultado de la autodeterminación de los pueblos a través de la violencia, jamás debe ser la imposición del poder político, económico y militar de gobiernos extranjeros.
En Venezuela, la desarticulación del aparato estatal bajo fuego estadounidense sienta un precedente peligroso para la soberanía latinoamericana, lo que ocurrió en Venezuela puede suceder con cualquier otro Estado. La retórica de la democracia es poco creíble y la estrategia de Estados Unidos ya ni guarda la forma como en otros tiempos. En Irán y Palestina, la complejidad militar del conflicto demuestra que el costo humano es secundario frente al interés de asegurar rutas de explotación y exportación de recursos; en ambos casos es evidente que lo que menos importa es la democracia.
La muerte del líder Persa, Alí Jamenei y el apresamiento del presidente venezolano, Nicolás Maduro y su esposa demuestra que cuando Estados Unidos y sus aliados quieren desarticular cualquier gobierno sea este una oligarquía, democracia o monarquía, lo hacen sin sacrificar la población civil como no ha sucedido en gaza donde a los ojos del mundo se masacra una población entre estos niños y niñas inocentes para imponer los intereses de Israel, a los ojos de Estados Unidos y sus aliados. Si el objetivo son los líderes del Hezbolá porque no se ha aplicado la misma precisión utilizada con Maduro y Jamenei sin sacrificar la población civil.
El crudo por encima de la urna
El resultado de estas maniobras es la degradación del concepto de soberanía popular. Cuando la energía deja de ser un motor de desarrollo nacional para convertirse en una pieza de ajedrez transnacional, la democracia se vuelve una noción ambigua y la autodeterminación de los pueblos deja de tener sentido para ser determinada por los intereses del poder militar.
En 2026, el «olor a petróleo» ha terminado por asfixiar el aroma de la libertad. La historia nos está demostrando que, en la arquitectura del poder global, los intereses de las potencias globales hacen que la civilización siga siendo primitiva, las instituciones son frágiles frente a la urgencia de asegurar el flujo de los recursos. La soberanía, hoy más que nunca, parece cotizar en barriles y la energía que mueve el mundo se convierte en el verdugo de la democracia y el derecho internacional.
