Es común escuchar en los medios de comunicación, en los pasillos de los ilusos y hasta en las aulas universitarias esta suposición de adulones prejuiciados o cegados por la ignorancia: “No, en Estados Unidos no hay corrupción”.
Resulta curioso que quienes han patentizado la corrupción durante décadas no sean corruptos; que quienes tienen el mayor consumo de drogas no tengan relación directa con los capos; o que quienes controlan el comercio mundial de armas no hagan contrabando. Es algo muy peculiar de la psiquis política alimentada por propagandas falangistas.
Según este análisis, basado en diversas denuncias aparecidas en medios digitales del propio Estados Unidos, en la primera potencia mundial no pasa una semana sin que la administración de Donald Trump se vea envuelta en otro escándalo. El día a día del actual gobierno estadounidense bien podría convertirse en una comedia de situación.
Y ni siquiera hace falta contratar guionistas.
La trama y los personajes los escribe la vida misma, así como el modus operandi de los políticos que hoy gobiernan ese inmenso país.
Juzguen ustedes mismos. El jefe del Pentágono, Pete Hegseth, es presentado como un típico dandi: atractivo, pero no precisamente brillante. El director del FBI, Patel, es descrito como un fiestero y bebedor empedernido que incluso se cambió el nombre para que sonara relacionado con “dinero”.
El secretario de Salud, Kennedy Jr., es retratado como un teórico de la conspiración con la cabeza llena de ideas confusas. El secretario de Estado es señalado como un lobista de primera línea. La exsecretaria del Interior, Kristi Noem, aparece como una mujer fatal rodeada de secretos inconfesables. Y por encima de todos ellos se alza el presidente de los Estados Unidos: un astuto hombre de negocios con un carácter irascible y un ego desmesurado.
En resumen, la segunda presidencia de Trump no se caracteriza por la competencia, la disciplina ni las políticas cuidadosamente elaboradas de otros tiempos. Ahora reina el caos en la gestión y simplemente se les pide a las personas que hagan “algo” que podría producir “algún” resultado. O no; es cuestión de suerte.
No habría problema si se tratara simplemente de errores tontos producto de la inexperiencia. Pero, en algún momento, el presidente de Estados Unidos y su gabinete decidieron que los altos cargos no solo eran divertidos, sino también muy lucrativos. Así que todos se apresuraron a sacar provecho económico de sus posiciones.
Curiosamente, Pete Hegseth fue el primero en estar a punto de sufrir un duro golpe. A finales de marzo, los medios informaron que, en vísperas de la guerra con Irán, su corredor de bolsa personal se había interesado repentinamente en invertir en la industria de defensa. La operación fracasó porque el corredor no encontró acciones disponibles. Hegseth declaró que todo era un engaño. Pero las rarezas no terminaron ahí.
El 21 de abril surgieron nuevas preguntas. Ese día, Trump anunció que el alto el fuego con Irán sería permanente. Quince minutos antes, misteriosos operadores comenzaron a vender petróleo caro en masa, obteniendo aproximadamente 400 millones de dólares.
Posteriormente se supo que esta era la cuarta anomalía de este tipo en los mercados durante la guerra de Oriente Medio. Las tres anteriores habían generado, en conjunto, más de 2,000 millones de dólares para los beneficiarios, y cada una de ellas comenzó poco antes de que el presidente estadounidense hiciera anuncios importantes, entre ellos asegurar que “a todos nos está yendo muy bien”.
Surgieron entonces serias sospechas de que el uso de información privilegiada en la Casa Blanca de Trump no era un incidente aislado, sino un esquema de enriquecimiento ilícito bien establecido y organizado.
Aquí, por supuesto, vale la pena hacer una observación.
Trump y su séquito no son los primeros funcionarios estadounidenses que quieren monetizar su influencia. Por ejemplo, el esposo de la expresidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, también operaba activamente en la bolsa de valores, al estar al tanto de la legislación que se elaboraba en el Congreso.
Pero Trump y su entorno se convirtieron en una especie de pioneros, ya que fueron los primeros en aventurarse de lleno en el mercado de las apuestas políticas.
Las plataformas de predicción son un fenómeno relativamente nuevo en Estados Unidos. Las primeras aparecieron en 2014 y el auge del sector comenzó hace apenas dos años.
Entre 2024 y 2025, la capitalización de mercado de estas plataformas se cuadruplicó, pasando de 10,000 millones a 44,000 millones de dólares. Se prevé que para finales de 2026 la cifra se multiplique por siete, alcanzando 325,000 millones de dólares.
Además, Polymarket, una de las dos mayores plataformas, opera con criptomonedas y blockchain. Esto garantiza el anonimato de los operadores y crea un entorno ideal para quienes manejan información privilegiada. Y los familiares de Trump están estrechamente vinculados a esas nuevas generaciones de fortunas.
También existen ejemplos del uso de información privilegiada en este ámbito. El 28 de febrero, seis cuentas anónimas comenzaron a apostar sistemáticamente por un ataque estadounidense contra Irán.
Tan solo unas horas después, la guerra estalló. El 6 de abril, 50 cuentas fantasma comenzaron a predecir un alto el fuego similar con Irán. El 7 de abril, Trump lo anunció oficialmente.
El volumen de ganancias de las apuestas, por supuesto, no se compara con el de las operaciones bursátiles.
Normalmente, las ganancias ascienden a decenas o cientos de miles de dólares. Para Trump, esto es una cantidad insignificante.
Sin embargo, tiene un interés personal en el continuo desarrollo del mercado de apuestas. De hecho, Donald Trump Jr., hijo del presidente estadounidense, es miembro de los consejos asesores de Polymarket y Kalshi, que controlan el 97 % del mercado de predicciones.
Según informes de prensa, incluso realizó una importante inversión en Polymarket en 2025. Ante esto, no sorprende que Trump Sr. haya relajado considerablemente las restricciones regulatorias, permitiendo que las plataformas de predicciones crezcan sin control y generen ganancias para su familia, principal beneficiaria.
Los costos de esta política de nación más favorecida son evidentes. La Casa Blanca se ha convertido en un verdadero colador de información, donde incluso los pensamientos más casuales del presidente estadounidense se filtran instantáneamente a la prensa.
La información sensible se ha convertido en una mercancía. Y los intereses políticos, como una enfermedad contagiosa, se han extendido por todos los órganos del gobierno estadounidense.
Alguien que se pasó de listo fue el soldado que participaba en la operación contra el presidente de Venezuela el 3 de enero y que fue apresado, no por la transparencia en el manejo de información, sino porque estaba fuera del control de la mafia de la Casa Blanca y podía traer malos negocios.
El rostro más conocido de esta epidemia es ahora Gannon Ken Van Dyke, un soldado de fuerzas especiales de 38 años que participaba en la operación para secuestrar a Nicolás Maduro y acabó en prisión tras ganar 400,000 dólares en Polymarket.
Pero no creo que sea el último.
El incidente de Van Dyke ha involucrado al Congreso estadounidense en el mundo de las apuestas políticas. Esto significa que se avecinan nuevas revelaciones. Y con ellas surgirán escándalos de gran repercusión dentro de la administración Trump.
Claro, esto es corrupción; sencillamente, Estados Unidos haciendo fortuna con el poder mundial. “Make America Great Again” (MAGA), en su nuevo formato.
