La muerte de Delvy Abreu debe frenar el auge de un cartel de motoristas

La muerte de Delvy Abreu debe frenar el auge de un cartel de motoristas

Editorial

El asesinato de un chofer de camión recolector de basura en Santiago de los Caballeros no puede tratarse como un hecho aislado ni como un simple episodio de violencia urbana. Lo ocurrido revela una preocupante mutación social: grupos de motoristas que, amparados en la informalidad, la impunidad y la fuerza del número, han comenzado a operar con lógicas propias de estructuras coercitivas, cercanas a las de un cartel.

Durante años, la motocicleta ha sido un instrumento de trabajo digno para miles de dominicanos. Ha representado sustento, movilidad y respuesta ante un sistema de transporte deficiente. Sin embargo, en paralelo, se ha ido consolidando un fenómeno distinto: agrupaciones que imponen control territorial, actúan de manera coordinada, desafían la autoridad y ejercen violencia colectiva ante cualquier conflicto.

El caso reciente es estremecedor, no solo por la muerte de un trabajador, sino por las circunstancias: persecución, agresión en grupo y la incapacidad inmediata del Estado para responder con eficacia. Cuando una persona, en medio de una agresión, busca refugio en un destacamento policial y no encuentra protección, lo que se produce no es solo una tragedia individual, sino una quiebra institucional.

Aquí no se trata de estigmatizar a todos los motoristas. Esa sería una simplificación injusta y peligrosa. Pero tampoco se puede ignorar que existe un segmento organizado que ha cruzado la línea entre la informalidad y la criminalidad. Ese segmento actúa con patrones claros: control de rutas, retaliación colectiva, intimidación y uso de la violencia como mecanismo de “justicia” inmediata.

En ese contexto, resulta jurídicamente pertinente abrir el debate sobre la calificación de estos hechos. Cuando un grupo actúa de forma coordinada para sembrar terror, ejercer violencia extrema y generar un efecto intimidatorio en la población o en sectores específicos, no estamos únicamente ante un homicidio agravado o una riña colectiva. Estamos ante conductas que, por su naturaleza, finalidad y ejecución, se aproximan peligrosamente a lo que en el derecho comparado y en la teoría penal contemporánea se conceptualiza como acto de terrorismo. No se trata de una afirmación ligera: implica repensar los tipos penales aplicables, el régimen de persecución y las consecuencias jurídicas, elevando la respuesta del Estado a la gravedad real del fenómeno.

El Estado dominicano enfrenta, por tanto, un dilema que no admite más dilaciones. La respuesta no puede limitarse a operativos reactivos o apresamientos aislados tras cada tragedia. Se requiere una política integral que incluya:

  • Registro y formalización obligatoria del motoconcho, con identificación clara de conductores y unidades.
  • Regulación territorial, evitando el control de facto de espacios públicos por grupos informales.
  • Régimen sancionador efectivo, que castigue no solo al individuo, sino la acción colectiva organizada.
  • Revisión del marco penal, para evaluar la tipificación de estos actos bajo figuras más severas, incluyendo el terrorismo cuando concurran sus elementos constitutivos.
  • Presencia policial preventiva, no ausente ni tardía.
  • Programas de reconversión laboral y educación vial, para separar al trabajador del elemento violento.

Más allá de las medidas, hay un punto esencial: la autoridad no puede ser negociable. Cuando grupos civiles asumen funciones de coerción, castigo o control, el Estado pierde legitimidad y la sociedad entra en una espiral de miedo.

Lo ocurrido en Santiago de los Caballeros debe marcar un antes y un después. No por la espectacularidad del hecho, sino por su significado profundo: estamos frente a una forma de violencia colectiva que, si no se enfrenta con firmeza y estrategia, seguirá escalando.

La muerte de un trabajador no puede quedar reducida a una estadística más. Es una señal de alarma. Ignorarla sería permitir que ese “cartel peligroso” deje de ser una advertencia y se convierta en una realidad consolidada.