Se apagó la luz de tía Margó, pero su amor seguirá alumbrándonos por siempre

Se apagó la luz de tía Margó, pero su amor seguirá alumbrándonos por siempre

El Sábado 21 de febrero 2026, a las 7:32 de la noche, se apagó la luz de un ángel hecho mujer, sin previo aviso y con un gran deseo de seguir viviendo, pero aun en el crepúsculo de la muerte su sonrisa irradiaba.  Tía Margó partió, dejando un silencio que pesa, pero también una memoria que ilumina.

Nunca estamos preparados para despedir a quien amamos. Sabemos que hombres y mujeres nacen, crecen, se reproducen y mueren; lo aprendemos desde niños. Pero ninguna enseñanza nos prepara para el momento en que la muerte toca la puerta de alguien que ha sido el abrazo cuando más lo necesitaba, el consejo, la alegría y el refugio. Y tía Margó fue todo eso y más.

Aun en medio de las pruebas más duras de salud que le tocó enfrentar, nunca perdió su capacidad de disfrutar la vida. Amaba vivir. Lo hacía con intensidad, con gratitud, con esa sonrisa que convertía a médicos y enfermeras en amigos, incluso en la cama de un hospital. Y aun el día de su partida, aunque tal vez lo presentía, murió con un deseo inmenso de quedarse, de seguir compartiendo, de ver crecer a Matías, su nieto;  de celebrar otro diciembre, otro cumpleaños, otro sancocho en familia.

En diciembre llamó al primo José Miguel para que subiera al junte en el campo. “No sé si será el último”, dijo con esa mezcla de intuición y esperanza. Luego vino el procedimiento del marcapasos; el doctor Mosquea nos llenó de ánimo al afirmar que se había atrevido a hacer lo que otros no, y que todo había salido bien. Habló incluso de quince años más. Y nosotros, aferrados a esa promesa, volvimos a soñar junto a ella, se le notaba en su cara, el deseo inmenso de vivir.

Tía Margó no solo amó la vida; amó profundamente a su familia. Sobre todo a su inseparable compañero de vida, Juan Rodríguez, lo acompañó con lealtad, cooperación y apoyo mutuo, construyendo juntos un hogar cimentado en el respeto y la complicidad. Sus hijos, Noel y Yulisa, dos profesionales modelos; Yuli odontóloga y Noel Ingeniero, orgullo de ella y de todo nosotros, los sostuvo con ese amor incondicional que solo una madre conoce: firme cuando debía serlo, dulce cuando hacía falta, siempre presente. Y en su nieto Matías encontraba una chispa especial, una razón renovada para sonreír, para planear el mañana, para soñar futuro.

A sus sobrinos nos trató como hijos. Celebraba nuestros logros como propio. Somos testimonio vivo de ello: en cada momento importante estuvo ahí, en cada graduación, o en cada dificultad de la vida, físicamente o con un sancocho preparado con sus manos para festejar en su casa. Se alegraba genuinamente del éxito todo, como si la vida le hubiera enseñado que amar también es celebrar.

Su firme e inagotable creencia en Dios, sin imponer a nadie sus creencias, pero con la fe más profunda que puede tener un ser humano le dieron siempre el valor y la energía para enfrentar los difíciles procesos de salud que siempre enfrentó, sin que faltara un momento para la solidaridad con los demás.

En la política tenía convicciones, defendía con pasión y disfrutaba largas conversaciones sobre el rumbo del país. Eran diálogos que compartíamos con entusiasmo, porque hablar con ella era siempre un ejercicio de cariño, comprensión, gentiliza, sencillez, sinceridad y cordialidad y sobre todo cuando se trataba de su simpatía por el Dr. Leonel Fernández.

¿Cómo no recordar los días en el campo? Las atenciones, los detalles, el café servido con afecto, la disposición permanente de ayudar. Tía Margó tenía ese don sencillo y extraordinario de hacer sentir importante a cada persona que llegaba a su casa. Su vida fue servicio, fue entrega, fue familia, se lamentaba su última vez camino al hospital, porque según ella no pudo prestar atención a Osvaldo cuando en el lecho su gravedad fue a visitarla.

Hoy duele su ausencia. Duele pensar que no habrá otra llamada inesperada, otro consejo oportuno, otra celebración en familia. Pero también queda la certeza de que su paso por esta tierra no fue en vano. Dejó huellas en cada uno de nosotros. Nos enseñó que vivir es agradecer, que amar es darse, que la familia es el primer y último refugio.

Se apagó su luz en la tierra, pero no en nuestros corazones. Porque hay personas que no mueren: se transforman en memoria viva, en ejemplo permanente, en ángeles que siguen acompañándonos desde otra dimensión.

Gracias a todos por acompañarnos

Descansa en paz, tía Margó.

Tu amor nos seguirá alumbrando.

Que la tierra te sea leve.