Por José Armando Toribio
Santiago de los Caballeros-Cada día abrimos los ojos con la esperanza de un mejor amanecer, pero las noticias nos golpean con historias de violencia entre parejas y hasta dentro de las mismas familias, situaciones que reflejan una sociedad cargada de dolor, intolerancia y una profunda crisis emocional que muchos prefieren ignorar mientras el problema sigue creciendo sin que se atienda la raíz del conflicto.
En las calles el panorama no es distinto, conductores que manejan como chivo sin ley, irrespetando señales, rebasando sin control y poniendo en riesgo la vida de todos, como si las normas de tránsito fueran simples sugerencias y no reglas creadas para protegernos.
A esto se suma la depredación del medio ambiente, ríos contaminados, árboles talados sin control, basura por todas partes, acciones que nos empujan poco a poco hacia un abismo ecológico, un futuro donde el agua limpia, el aire puro y los espacios verdes podrían convertirse en privilegios escasos para las próximas generaciones.
También se siente la falta de orientación institucional, llegamos a oficinas públicas y muchas veces nadie explica, nadie guía, nadie asume responsabilidad, el ciudadano se pierde entre trámites, puertas cerradas y respuestas confusas, creando frustración y desconfianza hacia las instituciones que deberían servir con claridad y eficiencia.
La pérdida de costumbre hacia los valores patrios es otro síntoma preocupante, hoy muchos jóvenes no conocen la verdadera historia de su país, no saben por qué se luchó ni quiénes forjaron la nación, y surge la pregunta de quién o qué está detrás de esa desconexión con la identidad y la memoria colectiva.
Sin raíces firmes es difícil construir un futuro sólido, cuando se debilita el sentido de pertenencia se debilita también el compromiso social, se pierde el respeto por los símbolos, por la cultura, por lo que representa ser parte de una comunidad con historia, luchas y logros que merecen ser recordados y defendidos.
La falta de respeto hacia los padres y figuras de autoridad dentro del hogar refleja otra fractura, la familia que antes era escuela de valores hoy muchas veces está marcada por la distancia, la falta de comunicación y la ausencia de límites, factores que influyen directamente en la conducta social de niños y jóvenes.
Todo esto dibuja un escenario que no debe verse con resignación sino como un llamado urgente a reflexionar, educar, orientar y recuperar principios básicos de convivencia, porque una sociedad no se destruye de un día para otro, se deteriora poco a poco cuando dejamos de asumir nuestra responsabilidad individual y colectiva.
